lunes, 21 de mayo de 2012

Palomazo

Me aviento una al aire, sin pensarlo, sin meditarlo, sale lo que viene.

Al pie de un árbol un pequeño diablillo dormitaba, con un sombrero de palma en la cara y los brazos cruzados sobre el vientre; recordaba a su maestro, aquel fauno que le enseño: a seducir a los hombres con su canto y con su rima, don que muchas almas le había ganado.

Recordaba la vez que vagando por el bosque cantaba a los cielos rimas extrañas para él, rimas de hombres, rimas de amor, cantaba lo que en el infierno estaba prohibido.

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